
Qué satisfactorio.
I’m back y paint nunca pasará de moda. x’D
Down there.
Seremos más que la vida misma, más que el sueño que nos persigue, seremos todo lo que se nos ha dado, seremos tanto aire que volaremos, nos desprenderemos del mismo cielo. Seremos el canto de la musa a través de los siglos. QUEREMOS vivir un encuentro que dure para siempre. Con los ojos abiertos, la células atentas al amanecer. Los amigos y las copas vacías esperaremos, no mucho tiempo, nos acomodaremos en nuestras sillas. Queremos ser el viento, ya mucho hemos esperado y a nosotros al fín a llegado la idea de volver, caminando despacio por otro camino, jamás recorrido. Nuestros pies sienten temor, sus latidos ululantes, sus lágrimas microscópicas, sus vidas, ajenas y propias. No nos comformaremos con ser la brisa, queremos ser el viento. Formaremos nuestro reino, con los ojos abiertos, seremos la tormenta. Callaremos todo, no diremos nada, aguardaremos. No! no esperaremos. Somos el viento. Queremos cambiarlo todo.
“Aquí abajo, en la tierra”
19.05.08
Que llueva.
Que arrastre el viento todo aquello de absurda levedad. Que quede el paso firme de las copas de nieve sobre el terreno envejecido. Que llueva de una vez por todas las caricias del cielo y se inunden las curiosas brujerías enterradas bajo nuestra casa.
Notas (2).
Quiero abandonarte. Arrancarte de ese hábito estúpido de querer siempre permanecer. Volverte cenizas. Mirar a lo lejos y no verte a tí ni a esa silueta con tu forma que se esconde detrás de mis párpados. Volverte nada. Desvivirte en mi memoria. Nacer de nuevo. Sin tí a mi lado.
Capítulo Uno (1): La Plaza.
Es bastante fácil sentirse observador. Algo no tan expreso es serlo verdaderamente. Cada recodo y cada calle podrían parecer un paisaje de palabras. Un poema.
Cuando cada azotea ofrece un tesoro si se mira con dulzura desde las afueras del edificio, entonces amigo, te sientes observador.
Precisamente hoy, he visto como un hombre de unos treinta años estaciona su auto cerca de un quiosco y compra una caja de cigarros regulares y un paquete de chicle. Qué más podrían pedir mis ojos y qué otro estímulo ha de rogar mi mente para decidir entrar en la tienda cercana al quiosco y comprar cuatro hojas y un lápiz? Tampoco faltaría más para decidir apoderarme de un rincón de esta plaza y desmentir el mito de la pasividad.
El fondo.
Y aunque toda intención de escribir siquiera una línea guarde consigo la propuesta y el deseo de acercarme a ti, cabe aún la posibilidad de que se esté creando un nuevo paradigma en mí y la soledad haya conseguido atraparme y enamorarme sin mucho esfuerzo, y que esta plaza llena de personas haya logrado sacudir de mi cabeza las migajas que vas dejando.
Aun así, te desconozco y eso me calma. La esperanza de encontrarte por sorpresa en alguna calle de esta ciudad inmensa debe permanecer entre mis sueños líquidos y no dejarse tentar por la realidad a la cual no he sabido invadir y he dejado devorarme con esa furia clandestina. Sin más ni menos, te escribo. No consigo mejor excusa ni mejor trabajo. Y es que el olor de esta plaza atrajo mi atención y la sensación que deja en mi piel, el cúmulo de voces y pasos, ha sido un hermoso regalo en un día como hoy. Te escribo a través del concreto y el césped seco y adolorido.
Miskeh/Dorotea
Se despierta tan alegre, Dorotea.
No se preocupa en opacar su emoción,
su camisón de algodón apesta.
Hay manchas en toda su ropa,
hay polvo entre sus cejas.
Pobre Dorotea!
Pobre Dorotea!, a quien nadie ha dicho aún,
que sin dinero no llegará a Cabo Negro;
que con esos trapos no obtendrá lo que busca.
Tan inocente, Dorotea. Tan tranquila, tan desprendida.
Quién se atreve a decirle a Dorotea, que lo mejor que puede hacer es quedarse en casa y preocuparse por sus labores? Degollar el faisán de la cena, moler el maíz del desayuno. Plantar las semillas de ají entre la maleza. Ignorar. Sentir en mínimo, no volar.
Nadie a llamado a la puerta aún. Dorotea aún espera paciente y sonriente.
Nadie llamará a la puerta ese día, ni el siguiente, ni el día después de mañana.
Dorotea morirá entre sus sábanas hediondas y sus libros de jardinería de 1950.
***
Al otro lado del mundo, alguien logra visualizar la llegada del ferry a Puerto de Momper. Miskeh no espera a nadie. Sólo disfruta ver acercarse ese gran atajo de metal ruidoso y colosal. Disfruta no sentir la presión de un encuentro, se siente aliviado. Se siente solo y feliz.
Mece su lengua sobre su labio inferior, descubriéndolo del salitre que deshidrata su boca y le hace querer fumar, una vez más. El cigarrillo número siete de la mañana.
Decide olvidar que debe estar en la ciudad vecina antes de las diez. Promete no sentirse culpable. Y así será, siempre que logre desayunar un gran bol de frijoles rebosados, pan de ayer y queso maduro.
Su vida podría acabar luego de ese desayuno y estaría satisfecho. Ni el fracaso más ridículo de su pasado podría arrebatarle la proeza de una muerte tranquila. Moriría solo, sin tormentos.
Pero Miskeh moriría veintisiete años más tarde, rodeado de familia, amigos, puentes y tesoros. Atormentado por las deudas, agotado por el trabajo y enfermo de pies a cabeza. Sin consuelo, dejaría caer su último aliento dentro de la voraz fauce del león de plata y un lucero lo envolvería en polvo y espantos.
***
La muerte, desde un principio, sintiéndose embaucada por todos nosotros, decide tramitar el alboroto por el cual nos desvelaremos un promedio setecientas dos veces durante toda nuestra vida. Y aun así, muerte al fin, sonreirá en silencio a través del velo transparente de la locura, y seducirá a la vida. Su amante eterno y carnal a la que espera siempre justo al final del sendero luminoso, queriéndo devorarla entre sus manos de acero y sus dientes de fuego.
Asquerosos encuentros de palabras acaloradas y gargantas secas. La vida en primer plano, el cayo desierto siempre presente. La muerte hace su aparición improvisada. No tiene idea de lo que hace hasta que sus pies desnudos se colocan frente a ti, que decides ignorarla.
***
M/D
2010.
El apagón.
Una fulminante guerra de miradas se ha desatado en la habitación contigua. Puedo sentir como rugen los párpados al chocar contra sí mismos. Puedo sentir el ir y venir de las sombras. El mismo destello de luz fugaz que se cuela de estancia en estancia. El pálpito certero de un amante. La preocupación minuciosa de un padre. El fuego de un hijo. La soledad de una madre. La ira y el olvido. El amor, desterrado.
Pido silencio a mis pensamientos. Mi audición se empaña. Mi visión se deja envolver entre sabanas y matorrales. Todo es un sueño. Incluso las goteras que drenan la lluvia a través del tejado desbaratado. Piso. Cal. Una misión y nadie quien pueda cumplirla.
Los aromas. Qué bestias. Yo olvido todo aquello que alguna vez quise conservar. Espero entiendan. De eso se trata. Una nueva vuelta, un nuevo mareo. Y pido más, siempre. Un trago amargo. Aprender. Pretender no haber aprendido. Y volver, ignorante de la guerra de miradas que se ha desatado justo a mi lado.


